La Luz que nos traspasa

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bajo el asfalto de Oxford Street. Dejé atrás un cuenco para perros personalizado hecho con roble y acero inoxidable que valía ciento cincuenta y cinco libras. El acento en aquel espacio aplanado estaba puesto en una estética estéril del hogar, en la apariencia de higiene total, en una muerte a ser posible discreta.
Mucho mejor evocar a Kahn, quien creía que una habitación tiene religión, que una habitación es un mundo dentro de tin mundo. Él creía que todo y todos estamos hechos de luz de paso. Todo y todos tenemos algo que expresar, desde los microbios o las polillas a las máquinas y el hombre. Creía que antes de construir una construcción, se da una voluntad tremenda y que, en esta etapa de cero, la construcción está en su mejor momento. Una vez construida, queda encerrada en servidumbre. Quiere contarte cómo la construyeron, pero no encuentra quién la escuche.
Un edificio solo merece la pena, pensaba Kahn, si en el futuro sus ruinas sirven de algo. Le minaban la moral quienes pensaban en los edificios en términos de funcionalidad. Un edificio es un espíritu, decía. Está hecho de hombre.
También un atrapapolillas es un espíritu, digo, y está hecho con hombre.
Un tajo de sol, se cuela por el hueco de la trampa, que atrae a la vida y la deja inerte con su pegamento. Qué polillas diminutas, qué criaturas delicadas, con alas tejidas en seda plateada y cuerpos de pasamanería.

Así es como se abre a la luz Lara Pawson. Deja paso para que la ilumine, la sede y la queme. Es un paso implacable asumido por su naturaleza cambiante por su flujo continuo. Nada se detiene ni tan siquiera la oscuridad es falta de luz, es simplemente interrupción de lo visible.

Leer un libro nos hace más porosos, más permeables. Debiera con ello convertirnos en más vulnerables y frágiles al reconocernos en esa estructura cambiante que nos individua. Y es esa escritura de Lara la que nos traspasa. Casi distraidamente nos arrastra en un aire que se arremolina, nos arrincona, nos eleva y nos arroja. Es la suya una visión transparente de lo que compone su pensamiento, saltos inconsistentes, fútiles, con la sutileza de una mirada pudorosa que decide mostrarse desnuda cruel, avergonzada, tímida y cruel.

El paso, el tránsito es una suerte de paseo proustiano por objetos que nos transforman, tornando ciega nuestra mirada, la humanidad es necesariamente humana cuando se mezcla con la violencia de lo que sucede. Suceder es ya violencia, Lara acentúa el milagro con violencia.

Es precisa, afilada. Sus ojos miran, recorren penetran, disparan, atisban, destripan, invaden con ternura, con crueldad, levemente, con ruido, agarrando, soltando y acercándonos al abismo de lo que es desgarradoramente humano.

Y mientrastanto, ajena, la luz pasa.

 

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